Viernes a la noche. Tomás Cubelli, medio scrum de Los Pumas y atleta de Red Bull, arma su propia previa. No hay boliche ni asado en esta escena. Hay en cambio, una clase de yoga en el Athletic Club de Belgrano. Sus compañeros no son precisamente deportistas de alto rendimiento sino jubilados saludables y chicas contemplativas, pero él no podría estar más cómodo. Aterrizó en este lugar buscando combatir los dolores de cintura, causados por la importante carga que utiliza para entrenar con la selección nacional de rugby. Su kinesiólogo le pidió que incorporara la disciplina a su rutina y él decidió intentarlo. Si hay algo que llegó teniendo en claro, era cómo usar sus músculos. Sin embargo, se fue sorprendido.

“Parecía un chiste, no podía ni sentarme en ciertas posiciones, todo el trabajo de fuerza que hice estos años había condicionado mucho mi elongación y elasticidad. Algunas viejitas tenían más flexibilidad que yo”, explica entre risas. Acostumbrado a los desafíos, no le costó mucho entender cuál sería éste. “No es un deporte competitivo, la lucha sería conmigo mismo. Acá tenés que ser humilde, encontrarte con tus limitaciones y trabajarlas de otra manera, con tiempo”, explica. 
 
Tomi profundiza: “descubrí mi cuerpo desde otro lado. Me encontré con dolores y músculos con los que no estaba conectado, empecé a moverlos, a ponerlos en acción y eso me mejoró en la cancha”, asegura. Hoy, él encuentra en la calma del yoga, la conciencia corporal que la inmediatez y brutalidad del rugby anula. Por eso lo convirtió en parte de su rutina de viernes. “Es mi manera de sacarme el peso de la semana del cuerpo. Acá bajo y estoy listo para enfrentar partidos si los hay o disfrutar el tiempo libre si me toca, es un cable a tierra”, resume.
 
Como Tomi, muchos deportistas de elite decidieron incorporar a sus entrenamientos otro tipo de actividad física más tranquila pero no menos intensa y, fundamentalmente, enfocada en lograr concentración y calma mental. La tenista Maria Sharapova y el basquetbolista Shaquille O’Neal, fueron de los primeros en detectar la funcionalidad de la actividad para sus rendimientos. Progresivamente, el mundo descubriría en el yoga un aliado decisivo para la recuperación de lesiones graves de deportistas. Éste fue el caso del basquetbolista LeBron James quien sufrió una grave lesión jugando para la NBA y será, tal como se anunció recientemente, parte de la rutina de rehabitiación de Neymar luego de la lesión sufrida en el último Mundial. Además de Cubelli, a nivel local también hay exponentes contundentes. 
 
El seleccionado nacional de básquet, el representante nacional de navegación a vela en los próximos Juegos Olímpicos, Santiago Lange, y algunos de los maratonistas más destacados son parte de las filas yoguis. Ellos no son los únicos ni los primeros. Desde hace tres décadas, la disciplina viene ganando adeptos en nuestro país. Pero su historia está lejos de haber comenzado hace tan solo treinta años.
 
 
El legado de Indra. No sería exagerado hablar de Buenos Aires como la capital latinoamericana de la autoexploración. Mucho antes de que Freud lanzara al mundo su teoría psicoanalítica y que se convirtieran en parte de las conversaciones más frecuentes en cafecitos porteños, algunos maestros de yoga ya habían desembarcado en estas tierras. Lo hicieron apenas comenzado el siglo XX para difundir una disciplina que mezclaba el hinduismo con una serie de posturas físicas. Probablemente, por entonces, su enorme grado de abstracción y la compleja mezcla de espiritualidad, disciplina física, higiene alimentaria y control mental, fueron un combo demasiado difícil de asimilar.
 
Aun habría que esperar al menos 80 años de exploraciones racionales y lecturas psicológicas para que algunos círculos, los más intelectuales e internacionales de la ciudad, se asomaran a un nuevo motor de búsqueda espiritual. Según cuenta una referente en el tema, Miryam Vieyto, directora del Centro Argentino de Yoga, muchos decidieron complementar la exacerbada racionalización occidental con algo que viera más allá. Justo en ese momento, aterrizó en la ciudad la persona indicada. 
 
En 1982, una discípula del respetado yogui Sri Tirumalai Krishnamacharya, y la primera profesora oriental de yoga, llegó a Buenos Aires. Indra Devi no venía sola: la precedía una fama internacional adquirida gracias al mundillo hollywoodense, que asistía a clases en su escuela de Los Ángeles. 
 
Consciente de la voluntad de introspección porteña, Devi aterrizó directo para convertirse en la presidenta de la Federación Internacional de Yoga desde donde guió el proceso de expansión. En los siguientes años, el proceso de occidentalización en nuestras tierras comenzó con cierta secularización: se despejó (aunque no se vació) de contenido hinduista para darle una connotación espiritual más general. 
 
Esta mutación fue especialmente clara en nuestro país durante la dictadura militar de los ’70, momento en el que para poder seguir practicándose, debía presentarse mucho más como un conjunto de saberes terapéuticos que como una práctica espiritual. Se dejaron de lado las velas, los mantras en voz alta y las rondas de meditación. La discreción tomó la escena. Este proceso coincidió con lo que sucedió en el panorama internacional. 
 
Para volverse más comprensible,  entre el ’86 y el ’89 se comienza a hablar de un yoga científico, cuyos beneficios físicos estaban médicamente comprobados y profesionalmente recomendados. Lejos de ser sectario, se comenzó a prescribir como práctica médica, más allá de las creencias religiosas de cada persona. Los beneficios de una mente clara, un cuerpo ágil y emociones equilibradas se convirtieron en accesibles a cualquier mente abierta que estuviera dispuesta a ir por ellas. 
 
 
Tiempos de cambio. Uno de ellos fue el ex gerente de Techint, Julio Aguirre. Él fue uno de los que respondió al llamado new age temprano, apenas comenzada la década del ’80 cuando se enamoró de su mujer, una argentina educada en Europa que era férrea practicante. “Mi mundo era muy formal, muy estresante. Y ella parecía estar en una nube, siempre contenta, siempre con una actitud muy especial. No pude evitar sentirme intrigado y me puse a estudiar con ella”, resume. “Lo que encontré fue otra manera de conectarme con la realidad, algo que mantuve a través de los años, estudiando con diferentes profesoras, hasta que llegó un momento que se me volvió más necesario que nunca”, señala. 
 
Ese momento vino dos décadas después cuando, luego de conseguir importantes puestos en gigantes energéticos como Atucha, Salto Grande, Yacyretá y  de desempeñarse en el Banco Interamericano de Desarrollo, decidió replantearse su rumbo personal. “Sentía que lo que hacía no me llenaba. Estaba por cumplir 50 años, y me planteé muchas cosas, entre ellas, cómo ir más profundo en la práctica del yoga”, explica.
 
Julio decidió entonces internarse en un Ashram (monasterio hindú). “Era en Bahamas pero no tenía nada de paradisíaco ese lugar, era todo muy austero y nuestras actividades consistían en levantarnos a las cuatro de la madrugada a meditar. A las dos semanas, de tanta calma, me agarró un ataque de pánico pero logré quedarme los 40 días necesarios para aprender más y ahí volví convencido de que mi vida tenía que cambiar”, cuenta.  Y cambió. 
 
Cuando regresó al país, a Julio lo recibió la noticia de que el corralito había agarrado gran parte de sus ahorros y que muchas empresas estaban reacomodando a sus empleados. Usando la crisis como oportunidad decidió empezar de vuelta y fundar su propio emprendimiento: uno que le permitiera compartir todo lo que había aprendido. Su escuela “Yoga para empresas” se convertiría en especialista en diseñar maneras de incorporar rutinas más saludables y en el futuro él mismo daría clases personales en firmas como  ICBC,  Procter & Gamble y Standard Bank. “Creo que cada vez más empresas entienden que los empleados son mucho más que números y que hay que cuidarlos como personas, no sólo para que rindan mejor, sino para que sean más felices”, concluye.
 
 
Para todos. No sólo adultos sobre- exigidos encuentran en el yoga un remanso. De la mano de padres abiertos, los más chicos también llegan a la clase gracias a padres que buscan revelarles de pequeños la sensación de “estar en eje”. Karina Popovsky, profesora del Centro Eclipse, lo define de esta manera: “Es muy importante que los chicos aprendan a tomar dimensión de que su cuerpo no es sólo lo que ven, que la respiración y los pensamientos también influyen en el bienestar”. Ansiedades, inseguridades, problemas de sociabilización o concentración, todos estos ítems pueden ser tratados entre asanas y mantras, aun cuando todavía no están formadas ideas claras sobre la espiritualidad y le energía. “Pocas cosas provenientes de la cultura oriental tuvieron tanta repercusión por estos lados como el Yoga. No es una moda pasajera, es un enriquecimiento que fuimos sabios en abrazar. Por eso dura y por eso se quedará”, concluye Miryam Vieyto.  
 
 
Glosario yogui
 
Asana: Postura que el cuerpo adopta en el yoga.
 
Ashram: Ermita, casa o vivienda comunal, donde se impartían las enseñanzas espirituales por un gurú a sus alumnos.
 
Ayurveda: Uno de los dos sistemas tradicionales de medicina de la India.
 
Chakra: Los centros psico-energéticos del cuerpo sutil. Hay siete chakras en el cuerpo. 
 
Gurú: La sílaba Gu significa “luz”, y el Ru significa “el destructor de la oscuridad”. El iluminador: uno que lleva (a la luz de) la sabiduría
 
Mantra: Un sonido divinamente cargado; expresiones verbales o no verbales que unen a la subconciencia, la conciencia, y la superconciencia.