Campeón de acá a la China
Campeón de acá a la China

Por Mauro Fulco
mfulco@revista7dias.com

Tres horas antes de la carrera, la frialdad del chat dejó vislumbrar una pequeña esperanza. Entre “te extraño” y emoticones amorosos, los nervios en Mar del Plata fueron los mismos que en China. De este lado del globo, Yanina, la esposa de Juan Esteban Curuchet, intentó brindar todo el apoyo que pudo. Contener y contenerse. Allá, el atleta transpiraba su ansiedad por demostrar lo suyo, sus ganas de ganar. Se despidieron con un beso virtual y promesas gloriosas, sólo que esta vez los sueños se hicieron realidad. El oro olímpico se lloró en China y se lloró en Mar del Plata, pero se gozó en todo el país.

Primero fue Los Angeles 1984. Después vinieron Seúl 1988, Barcelona 1992, Atlanta 1996, Sidney 2000 y Atenas 2004. Con ésta, su sexta participación, se convirtió en el recordman argentino en presencias olímpicas, pero en esta oportunidad vino con el mayor premio al que se puede aspirar. Junto a su colega Walter Pérez, ganaron la prueba americana y consiguieron no sólo la primera medalla dorada de la delegación nacional, sino también la primera en la historia del ciclismo argentino.

“Esta vez me tocó verlo acostada en la cama. Es la primera vez que lo vemos cada uno en su casa, y cada uno en su cama”, comentaba Yanina, horas después del inédito galardón. Padres, tíos e hijos repartieron ansiedad, mordieron los labios y gritaron. Gritaron que sí, que dale campeón. Gritaron Ar-gen-ti-na y se llamaron por teléfono para corroborar lo tan ansiado, lo tantas veces soñado. Seis y media de la mañana, se restregaron los ojos para que no fuera un sueño, aunque lo era. Y en esta historia los sueños juegan un rol fundamental. ¿Cómo explicar entonces que un hombre de 43 años siga insistiendo? ¿Cómo hacer para aceptar la derrota previa en cinco Juegos Olímpicos? La palabra clave es sueños. Y sacrificio, claro. Y esfuerzo. Y amor. Y pasión. La despedida perfecta para un deportista que apostó todo al epílogo.

Amor olímpico.  Esteban –de entrecasa, el primer nombre se archiva– y Yanina se conocieron en
1984, apenas unos días antes de que el ciclista partiera a hacer su primera experiencia olímpica. El intermediario fue el hermano de ella, quien también se dedicaba al ciclismo.

Del amor sobre ruedas nacieron Martín (20), Kevin (17), Juan Ignacio (15) y Martina (4). “Nos conocemos desde chiquitos, pero empezamos a salir antes de que se fuera a Los Ángeles”, recuerda Yanina, que sufre mundiales y juegos por televisión. Claro, esa suerte existe ahora que la tecnología invadió cada rincón del planeta. Antes se limitaba a ver los videos que su esposo traía de sus propias carreras, o a escuchar el relato en boca de su cuñado Gabriel, ciclista exitoso también. “En 24 años nunca pude ver un mundial en vivo por el tema económico”, confiesa ella, digna esposa de un deportista amateur.

El amateurismo es todo un tema. Lejos de los lujos o de la vida que se acostumbra a mostrar por televisión, los Curuchet viven del negocio que toda la familia comparte en Mar del Plata. Entre piñones y cuadros de bicicleta se forjaron un destino que hoy disfrutan.

Dinastía ciclista. Quien levanta primero el teléfono es uno de los pioneros de esta historia, el tío abuelo Atilio. Dice que lloró mucho y que desde su casa la carrera se ve distinta. También intenta explicar las estrategias aplicadas en la prueba americana y se remonta al comienzo. “Empezamos corriendo con mi hermano Ovidio, el papá de Juan –relata–. Por suerte, esa pasión la heredaron tanto los hijos como los sobrinos. Es un orgullo para nosotros”.

Yanina no paró de recibir felicitaciones, pero a duras penas pudo comunicarse con el protagonista. “Pude hablar dos minutos por radio, pero no recuerdo nada de lo que le dije. Sólo me acuerdo de que él lloraba y yo lloraba atrás”.

Aquella bronca por no ser elegido abanderado de la delegación olímpica quedará en anécdota cuando se recuerde Beijing 2008. “A Juan le dolió mucho eso –reconoce–. Se enteró de la elección mientras entrenaba en España. Esperaba un reconocimiento mayor a su trayectoria”.
La esposa dice que de los últimos cuatro meses, su marido sólo estuvo en la casa familiar quince días, salteados en tandas, y que en esos momentos evitó pasarle el teléfono a Martina para que no le provocara el retorcijón con sus llantos de niña que extraña a papá. “Él se preparó muchísimo esta vez y se sentía muy bien. Íntimamente sabía lo que se estaba jugando: todo”.

Fotos: gentileza flia. Curuchet y diario “La Capital”, de Mar del Plata.